
—Quizás mi raza no haya sido amiga de la humanidad —dijo Falk y miró a Zove con sus ojos amarillos—. ¿Quién sabe para qué vine aquí?
—Encontrarás a aquellos que lo saben. Y luego, lo harás. No temo a tu misión. Si tú sirves al Enemigo, también lo servimos nosotros: todo está perdido y no queda nada por perder. Si no es así, entonces tienes eso que los hombres hemos perdido: un destino; y si lo realizas, puedes traernos la esperanza a todos…
Capítulo 2
Zove había vivido sesenta años, Parth veinte; pero ella parecía, esa fría tarde en los Largos Campos, vieja en un sentido en que hombre alguno lo sería, sin edad. No se reconfortaba con las ideas de un último triunfo interestelar o de la vigencia de la verdad. La profecía de su padre al respecto sólo trasuntaba la necesidad de una ilusión. Sabía que Falk se marchaba. Sólo dijo:
—No volverás.
—Volveré, Parth.
Ella lo rodeó con sus brazos pero no prestó atención a su promesa.
El intentó comunicarse telepáticamente con ella, aunque era poco diestro en la telepatía. La única Auditora de la Casa era la ciega Kretyan; ninguno de los otros era adepto a la comunicación sin palabras, al discurso mental. Las técnicas de la enseñanza del discurso mental no se habían perdido, pero se practicaban poco. La gran virtud de esa forma más intensa y perfecta de comunicación se había tornado peligrosa para los hombres.
El discurso mental entre dos inteligencias podía ser incoherente y enfermizo, y por lo tanto, significar el error, implicar la sospecha; pero no era posible hacer un uso equivocado del mismo. Entre el pensamiento y la palabra hablada existe una fisura en la que puede penetrar la intención, el símbolo puede ser abstraído y la mentira admitida en la existencia. Entre el pensamiento y el pensamiento enviado telepáticamente no hay fisura; constituyen un acto único. No queda lugar para la mentira.
