En los últimos años de la Liga, las leyendas y narraciones fragmentarías que había estudiado Falk parecían demostrar que el uso del discurso mental se había difundido y las habilidades telepáticas se habían desarrollado mucho. Era una ciencia que advino tardíamente a la Tierra, pues sus técnicas procedían de otras razas: el Último Arte, como la llamaba un libro. Hubo indicios de perturbaciones y levantamientos en el gobierno de la Liga de Todos los Mundos, que surgieron, quizás, de la relevancia de una forma de comunicación que excluía la posibilidad de la mentira. Pero todo esto era ambiguo y a medias legendario, como la historia entera del hombre. Por cierto, desde la llegada de los Shing y la caída de la Liga, la diseminada comunidad de los hombres había faltado a la verdad y utilizado la palabra hablada. Un hombre libre puede hablar libremente, pero un esclavo o un fugitivo debe ser capaz de esconder la verdad y mentir. Eso era lo que Falk había aprendido en la Casa de Zove, y por esa causa tenía muy poca práctica en la armonización de las mentes. Pero ahora pretendía hablarle telepáticamente a Parth para que ella comprendiera que no le mentía:

—¡Créeme, Parth, volveré a ti!

Pero ella no escuchaba.

—No, no hablaré telepáticamente —dijo en voz alta.

—Entonces me ocultarás tus pensamientos.

—Sí. ¿Por qué habría de procurarte mi pena? ¿Qué es lo bueno de la verdad? Si me hubieras mentido ayer, todavía creería que sólo irías a Ransifeld y que dentro de una quincena estarías de regreso en casa. Entonces, todavía me quedarían diez días y diez noches. Ahora nada me ha quedado, ni un día, ni una hora. Todo ha terminado. ¿Qué es lo bueno de la verdad?

—Parth, ¿me esperarás un año?

—No.

—Sólo un año…



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