—Un año y un día y tú regresarás en un corcel de plata para llevarme a tu reino y convertirme en reina. No, no te esperaré, Falk. ¿Por qué esperaría a un hombre que yacerá muerto en la Selva, o fusilado por los Merodeadores en la pradera o acerebrado en la Ciudad de los Shing, o en viaje de mil años hacia otra estrella? ¿Qué sería lo que esperaría? No es necesario que pienses que tendré otro hombre. No lo haré. Me quedaré aquí, en la casa de mi padre. Teñiré los hilos y tejeré ropas negras, para vestir de negro o morir de negro. Pero no esperaré a nadie o a nada. Nunca.

—No tenía derecho a pedírtelo —dijo él con la humildad del dolor.

Y ella sollozó:

—¡Oh, Falk, no te lo reprocho!

Estaban sentados uno junto a otro en la suave pendiente del Campo Largo. Cabras y ovejas pastoreaban en la extensión cercada que se extendía entre ellos y la Selva. Había potrillos que retozaban alrededor de las afelpadas yeguas. Soplaba un gris viento de noviembre.

Tenían las manos entrelazadas, Parth tocó el anillo de oro que él llevaba en la mano izquierda.

—Un anillo es algo que se regala —dijo ella—. Algunas veces lo he pensado. ¿Tú también? Quizás hayas tenido una esposa. Piensa… quizás haya estado esperándote —tembló.

—¿Y eso qué importa? —dijo él—. ¿Por qué debo preocuparme por lo que haya sido, por lo que fui? ¿Por qué tendré que irme de este lugar? Todo lo que soy ahora es tuyo, Parth, viene de ti, es tu don…

—Te lo di libremente —dijo la joven llorando—. Tómalo y vete. Vete… —Se abrazaron como si no pudieran separarse.

La Casa estaba lejos, detrás de negros troncos nevados y ramas sin hojas que se entrechocaban. La espesura se cerraba detrás de la senda.


El día era gris y frío, silencioso excepto por el silbido del viento entre las ramas, un susurro ininteligible y no localizable que no cesaba. Metock abría paso y dejaba tras de si una clara huella.



22 из 195