Falk lo seguía y el joven Thurro marchaba atrás. Los tres vestían ropas livianas pero cálidas, camisas con capuchas y pantalones de un material no tejido llamado tela de invierno, sobre el cual no se necesitaba chaqueta, aun en medio de la nieve. Cada uno llevaba un liviano fardo de regalos y mercaderías, bolsas de dormir y suficiente comida concentrada como para soportar un mes entero de ventisca. Buckeye, que no había abandonado la casa desde su nacimiento, temía los peligros y demoras en la Selva y había abastecido sus bolsos de acuerdo con ello. Cada uno llevaba un fusil-láser; y Falk cargaba con ciertas provisiones extras —una o dos libras más de comida; medicinas, brújula, un segundo fusil, una muda de ropa, un rollo de soga, un pequeño libro que dos años antes le regalara Zove— todo sumaba unas quince libras de peso; sus posesiones terrestres. Fácil y sin fatiga Metock galopaba adelante, y unas diez yardas atrás, lo seguía él, y después de él venía Thurro. Marchaban con ligereza, hacían poco ruido y detrás de ellos, los árboles se aglomeraban, estáticos, por encima de la débil senda cubierta de hojas.

Tenían que llegar a Ransifeld el tercer día. El segundo, por la tarde, se encontraban en un paraje diferente al de las cercanías de la Casa de Zove. La selva era más abierta, el suelo escarpado. Grises claros se extendían en las colinas, alternados con malezas. Acamparon en uno de esos despejados terrenos, sobre una ladera que miraba al sur, porque el viento norte soplaba más fuerte aún, mordiente e invernal. Thurro trajo brazadas de leña seca mientras los otros dos arrancaban los grises pastos y construían un rústico hogar de piedra. Mientras trabajaban, Metock dijo:

—Cruzamos una vertiente, esta tarde. La corriente corre hacia el oeste. Hacia el Río Inland, al final.

Falk se enderezó y miró en dirección hacia el oeste, pero las bajas colinas se elevaban demasiado pronto y el cielo se cerraba de modo que no había perspectiva.



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