
—Intentaré, tío. Pero no siento mente alguna ni una real emoción o sentido. La mente de un bebé asusta, pero esto… es peor… oscuridad y una especie de vaciedad confusa…
—Bueno, déjalo —dijo tranquilamente Zove—. La negación de la mente es un mal lugar para la mente.
—Esta oscuridad es peor que la mía —dijo la chica—. Tiene un anillo en la mano…
Había posado su mano por un momento sobre la del hombre, en señal de compasión o como si le pidiera su inconsciente perdón por haberse entremetido en sus sueños.
—Sí, un anillo de oro sin señales ni dibujo. Era todo lo que tenía sobre el cuerpo. Y su mente tan desnuda como su carne. Así el pobre bruto vino hacia nosotros desde el bosque… ¿enviado por quién?
Toda la familia de Zove, excepto los más chicos, se reunieron esa noche en el gran hall de abajo, donde altas ventanas permanecían abiertas al húmedo aire de la noche. La luz de las estrellas y la presencia de los árboles y el ruido del arroyo penetraban en la habitación casi en penumbras, de modo que entre una y otra persona y entre las palabras que decían había un lugar para las sombras, el viento de la noche y el silencio.
—La verdad, como siempre, elude al Forastero —el Amo de la Casa les decía con su profunda voz—. Este extraño nos obliga a elegir entre varias cosas desagradables. Puede ser un idiota de nacimiento, que erró hasta llegar aquí por casualidad; pero, si es así ¿quién lo perdió? Puede ser un hombre cuyo cerebro haya sufrido un accidente o una intervención deliberada. O puede ser un Shing que disfraza su mente con una pretendida demencia. O quizás no sea hombre ni Shing; pero entonces, ¿qué es? No hay prueba o contraprueba para cualquiera de estas probabilidades. ¿Qué haremos con él?
—Podemos intentar enseñarle algo —dijo Rossa, la esposa de Zove.
