—Es el Sol, Falk, —dijo Parth—. Sol…

—Sol —repitió él, mirándolo, concentrando, su vacío y ausente ser inundado por la luz del Sol y el sonido de su nombre.

De este modo comenzó su educación.


Parth subió desde los sótanos y al atravesar la Vieja Cocina vio a Falk acodado en una de las ventanas, solo, mirando como caía la nieve del otro lado del manchado vidrio. Hacía diez días que había golpeado a Rossa y que tuvieron que encerrarlo hasta que se calmara. Desde ese momento se había retraído y no hablaba. Era extraño ver su rostro de hombre ensombrecido y corroído por un persistente sufrimiento de chico malhumorado.

—Acércate al fuego —le dijo Parth, pero no se detuvo a esperarlo.

En el gran hall, junto al hogar, esperó durante unos momentos, luego desistió y buscó algo con qué levantar su decaído ánimo. No había nada que hacer; la nieve caía, todos los rostros eran demasiado familiares, todos los libros hablaban de cosas sucedidas hacía mucho tiempo y muy lejos, que ya no eran verdaderas. La silenciosa Casa y sus campos estaban enteramente rodeados por la silenciosa selva, sin fin, monótona, indiferente; invierno tras invierno, y ella no dejaría jamás la Casa, porque, ¿adonde iría, qué haría…?

Sobre una de las mesas vacías había dejado su teanb, un bello instrumento con teclas, al parecer de origen Hainish. Farth ensayó una melodía en el melancólico Ritmo Escalonado de la Selva Oriental, luego afinó el instrumento en su escala primitiva y comenzó nuevamente. No era hábil con el teanb y encontraba las notas con lentitud, cantando las palabras, prolongándolas para mantener la melodía mientras buscaba la nota siguiente:

Más allá del ruido del viento en los árboles,


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