
Perdió la melodía, luego la encontró nuevamente:
Una leyenda muy antigua que revelaba, desde un mundo increíblemente remoto, la antigüedad de sus palabras y melodía como parte del patrimonio del hombre durante siglos. Parth cantaba muy suavemente, sola en la gran habitación iluminada por el fuego, mientras la nieve y el crepúsculo obscurecían las ventanas.
Hubo un ruido detrás de ella y se volvió y vio a Falk a sus espaldas. Había lágrimas en sus extraños ojos. Dijo:
—Parth… basta…
—Falk, ¿qué te pasa…?
—Me hace daño —dijo, volviendo su rostro que tan claramente revelaba la incoherencia y desamparo de su mente.
—¡Qué cumplido para mi canto! —lo hostigó, pero se sentía conmovida y dejó de cantar.
Más tarde, esa noche, vio a Falk junto a la mesa donde estaba el teanb. Extendió su mano pero no osó tocarlo, como si temiera despertar el dulce e implacable demonio que yacía en el interior y que había gemido bajo las manos de Parth y convertido su voz en música.
—Mi niño aprende con más rapidez que el tuyo —le dijo Parth a su prima Garra—, pero el tuyo crece más. Afortunadamente.
—El tuyo es bastante grande —convino Garra, mirando a través del huerto hacia la orilla del arroyo donde Falk se encontraba con la hija de un año de Garra sobre su hombro.
La temprana tarde estival vibraba con el canto de los grillos y de las chicharras. El pelo de Parth se rizaba en negros bucles sobre sus mejillas mientras ella desataba y anudaba y volvía a desatar los corchetes del bastidor. Por encima de su lanzadera asomaban las cabezas y los cuellos de una fila de garzas bailarinas, bordadas en plata sobre gris. A los diecisiete años era la mejor tejedora entre las mujeres. En invierno, sus manos estaban siempre manchadas con las substancias químicas con las que se elaboraban sus hilos y madejas y con las tinturas que los coloreaban y durante todo el verano tejía, en su bastidor equipado con energía solar, los delicados y diversos diseños de su imaginación.
