
– ¿Te refieres al mullah Fatiullah Kan?
Baba hizo un movimiento con el vaso. El hielo tintineó.
– Me refiero a todos ellos. Me meo en la barba de todos esos monos santurrones. -Me eché a reír. La imagen de Baba meándose en la barba de un mono, fuera santurrón o no, era demasiado-. No hacen nada, excepto sobarse las barbas de predicador y recitar un libro escrito en un idioma que ni siquiera comprenden. -Dio un sorbo-. Que Dios nos asista si Afganistán llega a caer en sus manos algún día.
– Pero el mullah Fatiullah Kan parece una persona agradable -conseguí decir entre mis ataques de risa.
– También lo parecía Genghis Kan -dijo Baba-. Pero ya basta. Me has preguntado sobre el pecado y quiero explicártelo. ¿Estás dispuesto a escuchar?
– Sí -contesté, cerrando la boca con fuerza. Pero a pesar de ello se me escapó una risa por la nariz que me provocó un estornudo, lo que hizo que me riera de nuevo.
La pétrea mirada de Baba se clavó en la mía y, en un abrir y cerrar de ojos, dejé de reír.
– Quiero decir… dispuesto a escuchar como un hombre, a hablar de hombre a hombre. ¿Te crees capaz de lograrlo por una vez?
– Sí, Baba jan -murmuré, maravillándome, y no por vez primera, de cómo Baba era capaz de herirme con tan sólo unas palabras.
Habíamos disfrutado de un efímero buen momento (no eran tantas las veces que Baba hablaba conmigo, y mucho menos teniéndome sentado sobre sus piernas) y había sido idiota al desperdiciarlo.
– Bueno -dijo Baba, apartando la mirada-, por mucho que predique el mullah, sólo existe un pecado, sólo uno. Y es el robo. Cualquier otro pecado es una variante del robo. ¿Lo comprendes?
– No, Baba jan -respondí, deseando con desesperación haberlo comprendido. No quería volver a defraudarlo.
Baba soltó un suspiro de impaciencia. Eso también hería, porque él no era un hombre impaciente. Recordaba todas las veces que no llegaba hasta muy entrada la noche, todas las veces que yo cenaba solo. Yo le preguntaba a Alí dónde estaba Baba, cuándo regresaría a casa, aunque sabía perfectamente que se encontraba en la obra, controlando esto y supervisando aquello. ¿No se requería paciencia para eso? Yo odiaba a los niños para los que construía el orfanato; a veces deseaba que hubieran muerto todos junto con sus padres.
