El único camino a la riqueza era el matrimonio, y ese descarado librito afirmaba tener todas las respuestas. Elizabeth no era tan tonta como para creer que podía capturar el interés de un marqués, pero quizás un pequeño consejo la ayudara a atrapar a un caballero rural -uno con una confortable renta. Incluso se casaría con un comerciante. Su padre se revolvería en su tumba ante el pensamiento de emparentar con alguien que tuviera un negocio, pero una chica tenía que ser práctica, y Elizabeth apostaba a que había un gran numero de ricos comerciantes a los que no les importaría casarse con la empobrecida hija de un baronet.

Además, era culpa de su padre que se viera en este apuro. Si él no…

Elizabeth sacudió la cabeza. Ahora no era el momento de enfrascarse en el pasado. Necesitaba concentrarse en su actual dilema.

Considerándolo bien, ella no sabía mucho acerca de los hombres. No tenía ni idea de lo que se suponía que tenía que decirles o cómo se suponía que tenía que actuar para hacer que cayeran enamorados de ella.

Miró fijamente el libro. Difícilmente.

Miró alrededor. ¿No venía nadie?


Inspiró profundamente y rápido como el rayo, el libro encontró su camino hacia el interior de su ridículo

Y salió corriendo de la casa.


* * *

A James Sidwell, Marqués de Riverdale, le gustaba pasar inadvertido. No había nada que le gustara más que mezclarse con la multitud, de incógnito, y descubrir hechos y complots. Probablemente por eso fue por lo que había disfrutado tanto de sus años de trabajo al servicio del Ministerio de Defensa.

Y había sido malditamente bueno en ello. La misma cara y el mismo cuerpo que acaparaban tanta atención en los salones de baile de Londres desaparecían entre la multitud con alarmante éxito. James, simplemente, eliminaba el brillo de seguridad en si mismo de sus ojos, encorvaba los hombros, y nadie sospechaba que perteneciera a la aristocracia.



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