– ¡Probalo bien, idiota! Una buena porción para que puedas sentirle el gusto.

– Pe… pero…

Terminó el suyo. Arrojó la cucharita a la calle. Milagro que no se la comiera también, pensé. Con las manos libres, se volvió hacia mí, y supe que el cielo se me estaba cayendo encima.

– ¡Cómelo de una vez! ¿No ves que se está derritiendo?

Efectivamente, el copo de helado se estaba haciendo líquido, y unos arroyuelos rosa corrían por el borde del vasito y me goteaban sobre la mano y el brazo, y sobre mis piernas flacas bajo el pantalón corto. Eso me inmovilizaba definitivamente. Mi angustia crecía al modo exponencial. El helado se me aparecía como el más cruel dispositivo de tortura que se hubiera inventado. Papá me arrancó la cucharita de la otra mano y la clavó en la frutilla. La levantó bien cargada y me la acercó a la boca. Mi única defensa habría sido cerrarla, y no volver a abrirla nunca más. Pero no podía. La abrí, redonda, y la cucharita entró. Se posó en mi lengua.

– Cerrá.

Lo hice. Las lágrimas ya me velaban los ojos. Al apretar la lengua contra el paladar y sentir cómo se deshacía la crema, se formó un sollozo en todo mi cuerpo. No hice los movimientos de tragar. El asco me inundaba, me explotaba en el cerebro como un rayo. Otra cucharada bien cargada venía en camino. Abrí la boca. Ya estaba llorando. Papá me puso la cucharita en la otra mano.

– Seguí vos.

Me atraganté, tosí, y empecé a llorar a los gritos.

– Ahora estás encaprichado. Me lo haces a propósito.

– ¡No, papá! -tartamudeé de modo ininteligible. Sonaba: "pa no pa no no pa".

– ¿No te gusta? ¿Eh? ¿No te gusta? ¿No ves que sos un tarado?- Lloré. -Contestame. Si no te gusta no hay problema. Lo tiramos a la mierda y ya está.



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