El Amo de las Tumbas soy,

soy un servidor de Ogún.


El papá les explicó que el acento raro provenía probablemente de su lengua natal, que debía ser el creóle, una mezcla de francés con idiomas africanos que se habla en Haití y en las islas francesas del Caribe. También les dijo que el animador estaba haciendo un guiso un poco confuso con muchos elementos de la religión vudú.


El Fin es el Principio

el Principio es el Fin.

Yo soy el servidor de la Serpiente.

Yo soy el servidor de Damballah.


Provocaba un efecto de sacudida escuchar esas palabras en boca de un señor vestido de una manera tan común. Al principio Gonzalo se extrañó de que el Barón Samedí no se vistiera de manera más llamativa para el espectáculo. Con lentejuelas o dorados o flecos. O pintándose el cuerpo. Después se fue dando cuenta de que así, de traje y corbata, asustaba más que si estuviera disfrazado.


Yo soy un Servidor de los Invisibles,

pero otros me sirven a mí.

Mis esclavos, mis zombies, los convoco:

con sus tambores, vengan aquí.


Dos hombres y una mujer aparecieron en el escenario trayendo dos tambores chicos y uno tan grande que había que empujarlo. Los hombres se movían lentamente. Había algo muy extraño en sus miradas negras y vacías. Los párpados estaban pintados de blanco y las pupilas eran enormes. Empezaron a tocar los tambores de manera difícil de entender, como si golpearan porque sí, sin ningún ritmo, como hacen los niños pequeños. Producían un ruido francamente molesto que los amplificadores hacían resonar por toda la cafetería.

Una camarera en patines les alcanzó cuatro vasos de agua con hielo.

– Si sabía no venía -dijo la mamá de Gonzalo tapándose los oídos-. Esto es peor que una discoteca. Ya estoy vieja para aguantar semejante volumen.

– No me gustan los ojos de esos tipos -dijo el señor Ramos-. Parecen drogados.



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