
– Papá, pueden ser lentes de contacto -dijo Ximena.
Por encima del ruido se escuchaba la voz del animador:
Doy la bienvenida a los amigos brasileños
hermanos en Ogún y en Orixá,
hermanos en macumba y candomblé.
Una luz repentina iluminó una mesa donde, en efecto, se sentaba un grupo de brasileños que agradecieron en portugués.
Mientras tanto la familia Ramos le encargó a la camarera una pizza Margarita con doble queso, Seven Up para Gonzalo y su papá, Coca para Ximena y Coca Light para su madre. Trataban de hablar en voz baja para no molestar a los actores.
Doy la bienvenida a los amigos argentinos
hermanos en el pacto con Mandinga,
hermanos en Salamanca y lobizón.
Los Ramos se sobresaltaron un poco cuando el foco los señaló. El Barón Samedí no tenía cómo saber de dónde eran ellos. A menos que la camarera fuera latina y los hubiera reconocido por el acento, propuso Ximena. Papá Ramos prometió a los chicos explicarles después del show por qué el animador había dicho eso y qué era exactamente la Sala manca.
El Barón Samedí siguió saludando a los amigos suecos y a los amigos japoneses. Ximena le preguntó a su papá si Duvalier, el dictador de Haití durante tantos años, había sido como Videla. El papá pensó un poco y le dijo que no del todo, que se parecía más a Pinochet por los anteojos negros.
Entonces, obedeciendo una orden del Barón Samedí, los tres zombies se adelantaron y empezaron a hacer ciertas pruebas destinadas a demostrar que eran totalmente esclavos del Amo de los Cementerios. Y que estaban realmente muertos.
Los chicos conocían algunos trucos porque ya los habían visto en el circo o por la tele. Los zombies caminaron descalzos sobre carbones encendidos, se pincharon con agujas y se clavaron cuchillos sin que saliera sangre. Se aplicaron contra la lengua la brasa de un cigarrillo. Comieron cosas asquerosas, como pedazos de vidrio y un limón con cascara.
