La mamá de Gonzalo estaba molesta, el espectáculo le parecía desagradable y se quería ir. Pero justo entonces (Gonzalo y Ximena se pusieron contentos) trajeron la pizza, bien dorada, perfumada, deliciosa.

A continuación el Barón Samedí empezó a tocar un ritmo violento, extraño (pero por lo menos esto sí era música y no solamente ruido), en el tambor grande, el de patas rojas y cara humana, al que llamó Tambor Mamá.

Una mujer muy joven apareció en el escenario, bailando una danza que fue aumentando en velocidad, empujada por el ritmo del tambor, hasta hacerse frenética. La jovencita, que al principio cantaba una frase repetida muchas veces, de golpe echó la cabeza hacia atrás. La expresión de su cara cambió. Le corría saliva espumosa por el costado de la boca torcida, y sus gestos se volvieron salvajes.

El Barón Samedí explicó que estaba poseída por Ogún de los Hierros, el Espíritu de la Guerra y los Metales, el General Sangrante. La poseída empezó a hacer demostraciones de su fuerza anormal. Era muy raro ver a una muchachita tan delgada levantando con una sola mano una mesa de la cafetería, y después alzando a uno de los japoneses (que se reía como loco, de pura vergüenza) con silla y todo.

– ¿Cómo será el truco? -quiso saber Gonzalo.

– Está todo preparado -dijo la mamá-. La silla ésa estará atada al techo con hilos invisibles o algo así.

El número siguiente fue inesperado y horrible. Mientras los tambores, tocados por los zombies, rompían todas las leyes de la música y los tímpanos de los espectadores, el Barón Samedí volvió al escenario trayendo un cerdo negro con las patas atadas y lo degolló en público.

El animal se retorcía y gritaba mientras la sangre se juntaba en un recipiente de metal. Los suecos se levantaron y se fueron. El resto del público murmuraba. Las caras mostraban escándalo y fascinación. Muchos empezaron a ponerse de pie. Era inverosímil que eso estuviera sucediendo en territorio de los Estados Unidos. Se hablaba de denuncias, de juicios.



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