
El Barón Samedí pidió un voluntario para iniciarlo según el rito vudú. Una de las mujeres brasileñas pasó al frente y el Barón le mojó los labios con la sangre del cerdo.
Los padres de Gonzalo y Ximena también querían irse pero Ximena los convenció: ¿acaso no se mataban cerdos a montones, todos los días, para comerlos hechos costillitas?
Entretanto la camarera en patines retiró los platos y tomó los nuevos pedidos. Trataron de hablarle en español, pero ella fingió que no entendía. Como postre papá Ramos pidió una leche malteada y la mamá un pastel de manzana a la moda, o sea con helado de vainilla encima. Los chicos decidieron compartir una banana split.
Una mujer zombie entró al escenario con movimientos torpes, trayendo a un bebé que lloraba a gritos. Lo mantenía alzado por encima de su cabeza, con los brazos estirados.
– Si eso es un chiquito de verdad no me quedo ni un segundo más -dijo la mamá.
Pero resultó ser un muñeco y el llanto era una grabación. Bañaron al falso bebé en sangre de cerdo negro y la brasileña del público empezó a bailar alrededor moviéndose con mucha gracia. No se sabía si ella también estaba poseída o se hacía la poseída nomás.
Los ayudantes retiraron el cadáver del cerdo del escenario. Los zombies volvieron a adelantarse. A un costado, pegado al micrófono, en un susurro que gracias al buen equipo de sonido se escuchaba como un grito, el Barón Samedí seguía hablando.
– Estos hombres ya no son hombres, pero tampoco son verdaderos zombies.
Parecía un mago que se decide a explicar uno de sus trucos, mostrando cómo lo que parece magia no es más que rapidez con los dedos.
– Estos hombres fueron castigados por la Socie dad de la Noche. Porque la Noche es de los Invisibles y no de los Hombres. Estos hombres recibieron los Polvos Mágicos y parecían muertos y como muertos fueron enterrados. Y como zombies fueron desenterrados y se los obligó a comer la Pasta del Olvido y ahora son mis esclavos. ¡Nadie teme a los zombies! ¡Todos temen ser transformados!
