Mientras hablaba, los falsos muertos bailaban un número de top dance, con los brazos colgando, las caras sin expresión y muy desacompasados.

Después el Barón Samedí anunció que ahora sí les haría conocer a un verdadero Muerto-Vivo. Preguntó a los espectadores cómo se puede comprobar que una persona esté muerta de verdad. Gonzalo levantó la mano y dijo que se puede comprobar porque no se sienten los latidos del corazón. De otras mesas hablaron de la respiración y de la actividad cerebral.

Pero el Barón les contestó que había una sola manera de probar con seguridad algo que ni siquiera la raya lisa y brillante del electrocardiograma podía garantizar. Lo que está muerto, se pudre.

Entonces se hizo más fuerte ese olor raro que habían sentido al principio, al entrar a la cafetería. Y un auténtico Muerto-Vivo apareció en escena. Usaba un short de baño para mostrar las partes de su cuerpo que parecían verdaderamente podridas. Le faltaban mechones de pelo y en ciertas zonas de su cuero cabelludo crecía una especie de moho verdoso.

El animador invitó a los espectadores a subir al escenario para inspeccionar bien de cerca al Muerto-Vivo, y muchos lo hicieron. Se acercaban con espejos, para ver si la respiración del Cuerpo Cadáver los empañaba y hasta apareció un médico con un estetoscopio. Volvían a sus lugares con risitas nerviosas y expresión de asco.

A la mamá el helado de vainilla se le derretía en el plato. En cambio los chicos se devoraban su banana split con muy buen apetito.

La función terminaba con un juicio, un auténtico juicio de la Sociedad de la Noche, la Sociedad de los Animales, la temible Bizango.

El Barón Samedí, transpirando mucho (parecía haber algún problema con los equipos de aire acondicionado), con el traje negro arrugado y la corbata torcida, empezó el nuevo conjuro.



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