
En aquellos tiempos, él había sido uno de esos tipos que dan consejos en las páginas de la prensa, y el niño mimado del circuito de las conferencias, armado como estaba con el exigido consultorio en Beverly Hills y un repertorio de lugares comunes, revestidos de jerga pseudocientífica.
Su columna había aparecido mensualmente en una de esas revistas para mujeres que se venden en los supermercados…, el tipo de basura impresa que publica artículos acerca de la última dieta milagrosa fulminante, seguida, en la página posterior, por recetas de tarta de chocolate con licor, y combina exhortaciones a «sea usted mismo» con tests de capacidad sexual pensados para que todo el mundo que los rellene acabe sintiéndose impotente.
Catedrático con donación. Sólo había llevado a cabo una especie de intentona de investigación…, algo que tenía que ver con la sexualidad humana, y que jamás había producido el más mínimo dato.
Pero no se había esperado de él que fuese académicamente productivo, porque no había sido un miembro, propiamente dicho, de la Facultad, sino un simple asociado clínico. Uno más de las docenas de profesionales que ejercían la Psicología, y que buscaban tener un tufillo académico a través de una asociación con la Universidad.
Los asociados daban, ocasionalmente, clases como invitados sobre sus especialidades (en el caso de Kruse, se había tratado de la hipnosis y de una forma manipuladora de la psicoterapia que él denominaba Dinámica de la Comunicación), y servían como terapeutas y supervisores de los estudiantes graduados de Psicología Clínica. Una formidable simbiosis, que liberaba a los catedráticos «de verdad» para llevar a cabo sus peticiones de donaciones y sus reuniones de comité, al tiempo que servía para facilitar a esos asociados permisos de aparcamiento en la zona de profesores, billetes preferentes para los partidos de fútbol americano del equipo universitario, y entrada en el Club de la Facultad.
