De vuelta en casa, me tragué una cerveza con tanta rapidez, que me provocó dolor en el diafragma, continué con otra y luego me llevé un paquete de seis a la alcoba. Me senté, en ropa interior, y contemplé pasar las imágenes por el televisor. Seriales: gente de aspecto perfecto sufriendo. Concursos: gente con aspecto perfecto, portándose como subnormales.

Mi mente comenzó a vagar. Contemplé el teléfono, tendí la mano hacia el receptor. La retiré.

Los hijos del zapatero…


Al principio pensé que el problema tenía algo que ver con los negocios…, con el abandonar la dura y mal compensada vida del artesano por el mundo de la alta tecnología.

Una multinacional musical de Tokio le había propuesto a Robin el adaptar varios de sus diseños de guitarra como prototipos para la producción en masa. Ella tenía que establecer las especificaciones y un ejército de robots cibernéticos haría el resto.

La llevaron en la primera clase de un vuelo a Tokio, le dieron una suite en el Hotel Okura, la atiborraron de sushi y de sake, la mandaron de vuelta a casa cargada de exquisitos regalos, resmas de contratos impresos en papel de arroz, y promesas de un lucrativo trabajo como consultora.

A pesar de esta maravillosa forma de tratar de convencerla, ella les dio calabazas, sin explicar nunca el porqué, aunque yo sospechaba que tenía algo que ver con sus raíces. Ella había sido criada como la hija única de un ebanista implacablemente perfeccionista, que adoraba el trabajo manual bien hecho, y de una ex cabaretera, que se había amargado la vida al tener que ganársela imitando a Betty Crocker, y que no adoraba nada. La hijita de su papá, había empleado las manos para hallarle un sentido al mundo. Había soportado los estudios hasta que su padre hubo muerto, y luego le había dado el mejor epitafio abandonándolos y dedicándose a crear muebles de artesanía. Finalmente, había hallado su rinconcito ideal en el mundo, como fabricante de guitarras: tallando, diseñando y realizando guitarras y mandolinas hechas por encargo.



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