Fuimos amantes durante dos años, antes de que ella aceptase venirse a vivir conmigo. E incluso entonces mantuvo su estudio en Venice. Tras regresar del Japón comenzó a escaparse allí, más y más. Cuando le pregunté el motivo, me contestó que tenía trabajo atrasado que recuperar.

Acepté su explicación: nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos. Los dos éramos muy cabezotas, y habíamos luchado muy duro por conseguir nuestra independencia, moviéndonos en distintos mundos, entrando ocasionalmente en el del otro…, a veces parecía que al azar…, en apasionada colisión.

Pero las colisiones se fueron haciendo menos y menos frecuentes. Ella empezó a pasar noches en su estudio, justificándolo por la fatiga, rechazando mis ofertas de ir a recogerla para llevarla en coche a casa. Y yo estaba entonces lo suficientemente ocupado como para poder evitar pensar en ello.

Me había retirado de la práctica de la Psicología Infantil a la edad de treinta y tres años, después de recibir una sobredosis de miserias humanas, y había vivido confortablemente de las inversiones que había hecho en propiedades en el Sur de California. Al cabo, comencé a notar en falta mi trabajo clínico, pero continué negándome a aceptar el enredo de la psicoterapia a largo plazo. Me enfrenté al dilema a base de limitarme a las consultas forenses que me remitían abogados y jueces: evaluaciones para propuestas de libertad provisional, casos de trauma en los que intervenían niños, un caso criminal reciente que me había enseñado mucho acerca de la génesis de la locura…

Trabajo a corto plazo, con ninguna o muy poca continuidad. El lado quirúrgico de la psico. Pero ya era suficiente como para hacerme sentir de vuelta en la profesión.

Un bajón de trabajo, tras la Pascua, me dejó con mucho tiempo libre… tiempo que pasar solo. Y comencé a darme cuenta de lo muy lejos que habíamos derivado el uno del otro Robin y yo; y me pregunté si habría pasado algo por alto. Esperando que la cura fuese espontánea, aguardé a que ella regresase. Y, cuando no lo hizo, decidí acorralarla.



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