– Mal…

Rió, al otro lado de la línea telefónica.

– Lo sé, lo sé. Mi querido Señor… no, perdóname, querido Doctor Puro: ¡Dios me libre de atreverme a…!

– Me alegra tener noticias tuyas, Mal. Haz que me llame la madre, para concertar una cita.

– ¡… intentar influenciar indebidamente a un testigo experto! Sin embargo, mientras estés analizando la situación, puedes tratar de imaginar lo que va a ser el futuro para esa mujer: criando un bebé ella sola, sin contar con estudios ni profesión, sin tener dinero. Viviendo con esos recuerdos. Tengo fotos del accidente…, casi me hicieron vomitar la comida. En este caso hay algunos bolsillos muy hondos, Alex. Y vale la pena meter la mano en ellos.


– ¡Ñeco! -Había encontrado los muñecos. Tres hombres, una mujer, un niño. Pequeños, de plástico blando y sonrosados, de rostros comunes y facciones inexpresivas, con los cuerpos con todos sus detalles anatómicos y miembros de quita y pon. Junto a ellos otro par de autos, mayores que los dos de antes, uno rojo, otro azul. En el asiento trasero del azul había sido colocada una sillita de bebé en miniatura.

Me levanté y ajusté la cámara de vídeo para que estuviera enfocada hacia la mesa, y luego me senté en el suelo, a su lado.

Tomó los coches y colocó los muñecos, siguiendo una secuencia habitual: un hombre conduciendo, otro junto a él, la mujer tras el conductor, el bebé en su sillita. El coche rojo estaba vacío. Sobre la mesa quedaba un muñeco.

Aleteó con los brazos y se tiró de la nariz. Alejando el coche azul tanto cuanto le daba el brazo, apartó la vista de él.

Yo le di una palmadita en el hombro.

– Sin problemas, Darren.



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