
Inspiró, espiró sonoramente, tomó el coche rojo y colocó ambos vehículos en el suelo, a medio metro de distancia el uno del otro, frente por frente. Volviendo a inspirar profundamente, hinchó las mejillas y lanzó un alarido, luego los hizo chocar con todas sus fuerzas.
El pasajero masculino y la mujer salieron volando y cayeron en la moqueta. El niño muñeco se quedó agarrado por el arnés, cabeza abajo.
Quien tenía prendada su atención era el muñeco conductor… que estaba tendido en el asiento delantero, no habiendo saltado por haberse quedado prendido de un pie al volante. Resoplando, el niño forcejeó para soltarlo. Tiró de él y lo retorció, comenzó a gruñir por la frustración, pero finalmente logró liberarlo. Lo mantuvo en alto, apartado de su cuerpo, examinó su rostro de plástico, y le arrancó la cabeza de un tirón. Luego, la colocó junto al bebé.
Oí un jadeo sobresaltado al otro lado de la habitación y me volví. Denise Burkhalter volvió a esconderse tras de su libro.
Sin darse cuenta de la reacción de su madre, el chico dejó caer el cuerpo descabezado, tomó la muñeca, la abrazó y la volvió a dejar. Luego volvió a los muñecos: el conductor decapitado y el pasajero del asiento delantero. Alzándolos por encima de su cabeza, los lanzó contra la pared, los vio golpearse contra ella y luego caer.
Miró al niño, boca abajo en su sillita, y tomó la cabeza que había colocado a su lado. Tras hacerla rodar por su palma, la tiró a un lado.
Dio un paso hacia el muñeco que no había tocado, el conductor del otro coche, dio otro paso, se quedó quieto, y luego se echó atrás.
La habitación estaba en silencio, si exceptuamos el zumbido de la cámara. Giró una página. Él se quedó quieto unos momentos, luego se sumergió en un estallido de hiperactividad tan brutal, que electrificó la habitación.
Lanzando risitas, se acunó de atrás hacia adelante, se retorció las manos y las hizo ondear en el aire, mientras escupía y balbuceaba.
