
Ella miró al techo.
– Esos muñecos… -dijo.
– Lo sé. Es duro mirarlo.
Ella se mordió el labio.
– Pero a Darren le es de mucha ayuda, Denise. La próxima vez podemos intentarlo, quedándose usted esperando fuera. Él ya está preparado para eso.
– El venir aquí… está tan lejos… -dijo ella.
– ¿Mucho tráfico?
– Infernal.
– ¿Cuánto tiempo le ha llevado?
– Hora y tres cuartos.
Desde Tujunga a Beverly Glen. Un viaje de cuarenta y cinco minutos por autopista…, si uno se atrevía a ir por la autopista.
– ¿Las calles laterales estaban embotelladas?
– Ajá. Y para subir aquí el camino hace muchas curvas.
– Lo sé. A veces, cuando tengo que…
De repente, ella empezó a retroceder:
– ¿Por qué se aísla de este modo, viviendo aquí? Si quiere ayudar a la gente… ¿por qué se lo pone tan difícil a los demás?
Aguardé un momento, antes de contestarle:
– Sé que ha sido duro, Denise. Si prefiere que lo visite donde el señor Worthy…
– ¡Oh, olvídelo! -y ya estaba en la puerta.
La miré llevar a su hijo a lo ancho de la terraza y escaleras abajo. El peso del niño la hacía tambalearse. Su aire de desamparo me hacía sentir ganas de correr a ayudarla. Pero, en lugar de hacerlo, me quedé allí de pie y la contemplé luchar con el peso. Finalmente llegó al coche de alquiler, y se esforzó en abrir la puerta trasera con una mano. Inclinándose mucho consiguió meter el inerte cuerpo de Darren en el asiento del auto. Cerró la puerta de golpe, dio la vuelta para ir al sitio del conductor y abrió la puerta delantera.
Metió la llave en el encendido, bajó la cabeza hasta el volante y la dejó descansar allí. Y se quedó así sentada durante un rato, antes de conectar el motor.
