De regreso a la biblioteca apagué la cámara de vídeo, saqué la casete, la etiqueté, y comencé mi informe, trabajando con lentitud, con mayor precisión de la ya habitual en mí.

Tratando de retrasar lo inevitable.

Varias horas más tarde la maldita tarea estaba terminada: acabado ya mi papel de auxiliador, de nuevo era alguien que, a su vez, necesitaba auxilio. Y me fui sumergiendo en una estupefacción, imparable como la marea que sube.

Sopesé la idea de llamar a Robin, y me decidí en contra. A nuestra última conversación se le podía llamar cualquier cosa menos triunfal… palabras educadas, mientras te mordías la lengua, que finalmente eran saboteadas por las cargas de profundidad del dolor y la ira.


– … libertad, espacio… pensé que eso ya lo habíamos dejado atrás.

– Bueno, yo nunca he dejado atrás la libertad, Alex.

– Ya sabes lo que quiero decir…

– No, realmente no lo sé.

– Simplemente, estoy tratando de descubrir qué es lo que quieres, Robin.

– Te lo he explicado una y otra vez. ¿Qué más te puedo decir?

– Si lo que deseas es espacio, ahora has puesto más de trescientos kilómetros entre ambos. ¿Te sientes más realizada?

– No se trata de realizarme.

– Entonces ¿de qué se trata?

– Vale ya, Alex. Para, por favor.

– ¿Parar? ¿De qué…, de tratar de solucionar esto?

– Para de tratar de comerme el coco. Suenas demasiado hostil.

– ¿Y cómo se supone que debo sonar, cuando una semana se ha alargado a un mes? ¿Dónde está el punto final?

– Me… me gustaría poderte contestar a eso, Alex.

– Maravilloso…, un cuelgue eterno. ¿Y cuál fue mi gran pecado? ¿El profundizar demasiado en nuestra relación? De acuerdo, puedo cambiar eso. Créeme…, puedo ser tan frío como el hielo. Mientras estudiaba mi carrera aprendí a distanciarme de los sujetos. Pero, si me echo atrás, diez a uno que me acusas de indiferencia masculina.



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