
– ¡Basta ya, Alex! Me he pasado toda la noche despierta con Aaron. Justo en este momento no puedo copar con esto.
– ¿Copar con qué?
– Con todas tus palabras. Vienen contra mí como si fueran balas.
– ¿Y cómo se supone que vamos a poder arreglar algo sin usar palabras?
– No vamos a arreglar nada justo ahora, así que dejémoslo por el momento. Adiós.
– Robin…
– Dime adiós, Alex. Por favor, no quiero tener que colgarte el teléfono.
– Entonces, no lo hagas.
Silencio.
– Adiós, Robin.
– Adiós, Alex. Aún te amo.
Los hijos del zapatero van descalzos.
El comecocos se ahoga con sus propias palabras.
El desánimo se fue acumulando y me dio en la cara con toda su fuerza.
Me hubiera ayudado el tener alguien con quien hablar. Mi lista de confidentes era jodidamente corta.
Robin ocupaba el primer lugar.
Luego estaba Milo.
Milo se encontraba de vacaciones con Rick, de pesca por las Sierras. Pero, aunque su hombro hubiera estado disponible, no hubiera llorado en él.
A lo largo de los años, nuestra amistad había tomado un cierto ritmo: hablábamos de asesinatos y otras locuras, mientras nos tomábamos unas cervezas con algo para picar, y discutíamos sobre la condición humana, con el aplomo de un par de antropólogos observando una colonia de babuinos en libertad.
Cuando el montón de los horrores se hacía ya demasiado alto, Milo se cagaba en todo, y yo le escuchaba. Cuando estaba a punto de salirse de sus casillas, yo le ayudaba a volverle a ellas.
El polizonte tristón y el comecocos que le secaba las lágrimas. No estaba preparado para invertir los papeles.
Toda una semana de correo se había amontonado en la mesa del comedor. Yo había evitado abrirlo, temiendo las caricias superficiales de los mensajes publicitarios, los cupones de pedido de artículos inútiles y los planes ofreciendo supuestos modos para ser feliz con facilidad. Pero, justo en este momento, lo que necesitaba era el tener mi mente ocupada con menudencias, libre de los peligros de la introspección.
