Como no estamos atentos no nos damos cuenta de lo que nos hacemos. Ocurre una cosa y entonces empieza a suceder algo que nunca habrías pensado que estuviera relacionado.

Precisamente la otra noche estaba leyendo algo sobre el olfato. Este sentido, la capacidad de oler, prácticamente ha desaparecido para la humanidad pero en los animales está muy desarrollado. Un caballo puede oler a muchos kilómetros de distancia y un perro puede oler más que un hombre. Solo por el olor, un perro sabe si está viniendo su amo y después de muchos años el perro seguirá reconociendo el olor de su amo. Sin embargo, el hombre se ha olvidado por completo.

¿Qué le ha pasado al sentido del olfato de los seres humanos? ¿Qué calamidad ha ocurrido? No parece haber ningún motivo para que se haya reprimido el sentido del olfato. Conscientemente, ninguna cultura lo ha reprimido. Pero sí ha sido reprimido. Se ha reprimido a causa del sexo. La humanidad vive con una sexualidad profundamente reprimida y el olfato está conectado con el sexo. Antes de hacer el amor, el perro olfatea a su pareja y no hace el amor hasta que no huela una profunda armonía entre los dos cuerpos. Cuando el olor encaja, sabe que los cuerpos están en armonía, pueden llevarse bien y convertirse en una canción: la unidad es posible incluso un solo instante.

Al reprimirse el sexo en todas las partes del mundo, se ha reprimido también el sentido del olfato. La palabra misma es un poco peyorativa. Si te dígo: «¿oyes?» o «¿ves?», no te ofendes, pero si te digo «¿hueles?» tampoco deberías ofenderte puesto que estás usando el mismo lenguaje. El olfato es una facultad, igual que la vista o el oído. Cuando pregunto «¿hueles?» te ofendes porque has olvidado que es una facultad y no un reproche.



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