
Eisai era un monje pobre como todos los monjes budistas. Su vida era austera y no tenía nada para dar. Normalmente, sería un sacrilegio quitarle la corona a la estatua de Buda para dársela a alguien. No se le pasaría por la cabeza a ninguna persona de las que llamamos religiosas. Solo sería capaz de hacerlo alguien que es realmente religioso; por eso la compasión no tiene reglas y está más allá de las reglas. La compasión es salvaje y no atiende a formalismos.
De repente, Eisai recordó la imagen de Buda que había en la sala. En Japón y China, a Buda le ponen una corona dorada en la cabeza para representar el aura que hay alrededor de su cabeza. De repente, Eisai se acordó… debía adorar a esa misma estatua todos los días.
Acercándose hasta la estatua le arrancó la corona y se la dio al samurái.
– Véndela -dijo Eisai-. Te servirá para salir del apuro.
Perplejo, el desesperado samurái la cogió y se marchó.
Hasta el samurái estaba perplejo. No se lo esperaba. Incluso él debió de pensar que era un sacrilegio. ¿Qué clase de hombre es este? ¿¡Un seguidor de Buda que destruye la estatua!? Es sacrilegio simplemente tocar la estatua y él le ha arrancado la corona.
Esta es la diferencia entre una persona realmente religiosa y una persona supuestamente religiosa. Los que llamamos religiosos siempre observan las normas, siempre piensan en lo que es apropiado o no. Pero una persona realmente religiosa lo vive. Para ella no hay nada que sea apropiado o que no lo sea. La compasión es tan infinitamente apropiada que cualquier cosa que se haga por compasión, será automáticamente apropiada.
– ¡Maestro! -exclamó uno de los discípulos de Eisai-. ¡Eso es un sacrilegio! ¿Cómo has podido hacer algo así?
