
Así que llamé a Maria Teresa y le confié el dinero que él había dejado encima del escritorio; después Pupuccio y yo repasamos lo que ocurriría al día siguiente.
Teníamos dos posibilidades, le dije. La primera era ir a juicio; en primera instancia lo habían condenado a cuatro años -pocos, pensé yo, para todas las estafas que había cometido- y yo podía intentar conseguir que lo absolvieran. Pero si se confirmaba la sentencia no tardaría en regresar a la cárcel. La segunda era cerrar un acuerdo con el sustituto del fiscal general. Por norma, a los fiscales generales sustitutos -y también a los jueces del tribunal de apelación- les gustan los acuerdos. Todo va muy rápido, la vista termina a media mañana y cada cual puede regresar tranquilamente a su casa o a donde le dé la gana.
En realidad, a los abogados también les gustan los acuerdos en el tribunal de apelación. Todo se hace muy rápido y cada cual puede regresar tranquilamente a su despacho o a donde le dé la gana. Pero eso no se lo dije a Pupuccio.
– Y, si llegamos a un acuerdo, ¿cuánto tendré que cumplir, abogado?
– Pues mira, creo que podríamos intentar acordar dos años y medio. No será fácil porque el ministerio público es muy duro, pero lo podemos intentar.
Estaba mintiendo. Conocía al sustituto del fiscal general que al día siguiente estaría en la Audiencia. Sería capaz de pactar dos meses con tal de irse y no hacer una mierda. No podía decirse que fuera muy trabajador. Pero eso no se lo podía decir a Pupuccio el Negro o a los que eran como él.
La secuencia en casos como éste era la siguiente: decir que el ministerio público era muy duro; decir que se intentaría llegar a un acuerdo, pero que no sería nada fácil y no podía garantizarse; plantear como hipótesis una condena decididamente superior a la que yo tenía previsto conseguir; llegar al acuerdo que ya tenía previsto alcanzar desde un principio, confirmar mi fama de abogado cojonudo y de confianza; embolsarme el resto de los honorarios.
