– Yo me voy a ver la película. Empieza dentro de dos o tres minutos. Pero tú no te preocupes, quédate charlando tranquila -dije dignamente.

– No, no. Yo también vengo. Ellas ya se van.

Las dos Giovannas asintieron. Una de las dos, con un gesto de auténtico duro de película, apuró lo que quedaba en su vaso. Nos saludaron -en realidad, saludaron a Margherita- y se fueron.

Nosotros entramos en la pequeña sala de cine cuando las luces ya se habían apagado y la película estaba empezando. Antes de abandonarme a las atmósferas nocturnas y surrealistas de David Mamet, pensé, sólo durante un segundo, en lo mucho que me habría gustado lanzarme al vacío desde un avión o desde cualquier otro lugar bien alto.

Al vacío. Sin temor.

4

– ¿Quiere saber de dónde he sacado este dinero, abogado?

Yo no quería saber de dónde había sacado aquel dinero el señor Filippo Abbrescia, apodado Pupuccio el Negro. Era un viejo cliente mío y su oficio consistía en robar y estafar a las aseguradoras, aunque cuando los jueces le preguntaban, decía ser albañil.

A la mañana siguiente teníamos un juicio en el tribunal de apelación. Por asociación ilícita y estafa, precisamente, y había venido para pagar. Por eso yo no quería conocer el origen del dinero que estaba a punto de entregarme. Pero, aun así, él me lo dijo.

– Abogado, he acertado una combinación de tres aciertos, correspondiente a las extracciones de la sede de la Lotto de Bari. La primera vez en mi vida.

Puso una cara muy rara, Pupuccio el Negro. Me dije que era la cara de alguien que se había pasado la vida robando y ahora no se podía creer que hubiera ganado algo. Me dije que, como muchos otros, se dedicaba a robar y a estafar porque no se le había ofrecido otra opción. Me dije que me estaba volviendo gilipollas por momentos y que me deslizaba sin remedio hacia lo patético.



8 из 169