
cartas de poca complicación, y hasta dicen que entiende de solfa por papeles. Traba pues conversación con Filomeno -pues así se llama el cuadrerizo- y se entera de que es biznieto de un negro Salvador que fue, un siglo atrás, protagonista de una tan sonada hazaña que un poeta del país, llamado Silvestre de Balboa, la cantó en una larga y bien rimada oda, titulada “Espejo de Paciencia”… “Un día”… -según narra el mozo-, echó anclas en aguas de Manzanillo, allí donde una inacabable cortina de árboles playeros suele ocultar lo malo que pueda venir del mar, un bergantín al mando de Gilberto Girón, hereje francés de los que no creen en Vírgenes ni Santos, capitán de una caterva de luteranos, aventureros de toda laya, de los muchos que, siempre listos a meterse en empresas de desembarcos, contrabandos y rapiñas, andaban trashumando fechorías por distintos parajes del Caribe y de la Florida. Supo el desalmado Girón que en las haciendas de Yara, a unas leguas de la costa, hallábase, visitando su diócesis, el buen Fray Juan de las Cabezas Altamirano, obispo de esta isla que antaño llamábase Fernandina – “porque, cuando la divisó por vez primera el Gran Almirante Don Cristóbal, reinaba en España un Rey Fernando que tanto montaba como la Reina, decían las gentes de otros tiempos, acaso por aquello de que deber de Rey es montar a la Reina, y en esto de líos de alcoba nadie, en fin de cuentas, sabe quién monta a quién, porque, en eso de que monte el varón o que el varón sea montado, es asunto que…”-“Prosigue tu historia en línea recta, muchacho -interrumpe el viajero-, y no te metas en curvas ni transversales; que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.”-“Así lo haré” -dice el mozo. Y alzando los brazos y accionando las manos como títeres, con los dedos pulgares y meñiques movidos como bracitos, continúa en la narración del sucedido con tanta vida como la pone cualquier bululú de buen ingenio en sacarse personajes de tras de las espaldas y montarlos en el escenario de sus hombros.
