En condiciones normales no me volvería. No le daría más vueltas. Estamos en el East Village. Está abarrotado. Hay gente por todas partes. No es más que un sonido de la ciudad. Pasa a todas horas.

Sin embargo, esta vez me vuelvo. No puedo evitarlo. Lo justo para alcanzar a ver al hispano con las manos en los bolsillos de la chaqueta negra de cuero.

«Por Dios, Kate, estás paranoica, hija.»

Sólo que esta vez no estoy paranoica. Esta vez el tipo no deja de seguirme.

Tuerzo en la Doce. Aquí está más oscuro, hay menos tráfico. Unas cuantas personas charlan de pie. Una pareja joven se mete mano entre las sombras. El tipo sigue pegado a mí. Aún oigo sus pasos muy cerca, a mi espalda.

«Aprieta el paso -me ordeno a mí misma-. Vives sólo a unas pocas manzanas.»

Me digo que no puede estar pasando. «Si vas a despertarte, Kate, ¡ahora es el momento!» Pero no me despierto. Esta vez es de verdad. Esta vez sé un secreto lo bastante importante como para que me maten.

Cruzo la calle apurando el paso. El corazón se me empieza a acelerar. Ahora sus pasos son como cuchillos que me atraviesan. Alcanzo a verlo en el reflejo de un escaparate. Bigote oscuro y cabello corto y crespo.

Ahora siento los latidos de mi corazón desbocado golpeándome las costillas.

Paso delante de un mercado donde a veces compro. Entro a toda prisa. Hay gente dentro. Por un instante me siento segura. Cojo una cesta, me escondo entre los pasillos y meto en ella cosas que finjo necesitar. Pero lo único que hago es esperar, rezando para que pase de largo.

Pago. Sonrío algo nerviosa a Ingrid, la cajera, que me conoce. Tengo un presentimiento estremecedor: ¿y si ella fuera la última persona en verme con vida?

Cuando vuelvo a salir, me siento aliviada por un momento: el tipo se habrá ido; no hay ni rastro de él. Pero entonces me quedo de piedra. Sigue ahí, apoyado con gesto indolente en un coche aparcado al otro lado de la calle, hablando por teléfono. Lentamente, sus ojos se posan en los míos.



4 из 252