«Mierda, Kate, ¿qué coño vas a hacer ahora?»

Correr. Primero sin que se note, luego más deprisa. Oigo sobre la acera el ritmo frenético de unos pasos que se aceleran… pero esta vez son los míos.

Revuelvo el bolso en busca del móvil. Tal vez debería llamar a Greg. Quiero decirle que le quiero. Pero sé la hora que es: está a mitad de turno. Sólo me saldría el contestador. Está visitando.

«Tal vez tendría que llamar al 911 o detenerme y gritar. Kate, haz algo… ¡ahora!»

Mi edificio queda sólo a media manzana. Ya lo. veo, con su toldo verde. El 445 de la calle East Seventh. Hurgo en busca de las llaves. Me tiemblan las manos. Por favor, sólo unos metros más…

En los últimos pasos me lanzo al esprint. Meto la llave en la cerradura del portal, rogando por que gire… ¡y gira! Me lanzo a abrir las pesadas puertas de cristal. Echo un último vistazo a mi espalda. El hombre que me seguía se ha detenido unos portales atrás. Oigo la puerta del edificio cerrarse a mi espalda, y por suerte la cerradura encaja.

Estoy a salvo. Siento que el corazón casi se me encoge de alivio. «Ya está, Kate. Gracias a Dios.»

Por primera vez me noto el jersey adherido al cuerpo, empapado de un sudor pegajoso. Esto tiene que acabarse. «Tienes que decírselo a alguien, Kate.» Es tanto el alivio que hasta me echo a llorar.

«Pero ¿a quién? ¿A la policía? Me han mentido desde el principio. ¿A mi mejor amiga? Está entre la vida y la muerte en el hospital Bellevue. Y eso sí que no lo he soñado. ¿A mi familia?»

«Tu familia se ha ido, Kate. Para siempre.»

Ahora ya no hay tiempo para nada de eso.

Cojo el ascensor y pulso el botón de mi planta. El siete. Se trata de uno de esos ascensores pesados de tipo industrial, que traquetea como un tren al pasar por cada planta. Sólo quiero llegar a mi piso y cerrar la puerta a cal y canto.



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