En el séptimo, el ascensor se detiene con un chirrido. Ya está. Estoy a salvo. Abro la rejilla de metal de un golpe, agarro las llaves y doy un empujón a la pesada puerta exterior.

Dos hombres me impiden el paso.

Intento gritar, pero ¿para qué? Nadie me oirá. Retrocedo. Se me hiela la sangre. Sólo soy capaz de mirarlos a los ojos en silencio.

Sé que están aquí para matarme.

Lo que no sé es si vienen de parte de mi padre, de los colombianos o del FBI.

PRIMERA PARTE

1

El oro subió un dos por ciento la mañana en que la vida de Benjamín Raab empezó a venirse abajo.

Estaba reclinado en el escritorio; contemplando la calle Cuarenta y siete, disfrutando de la gran comodidad de su despacho, que se elevaba muy por encima de la avenida de las Américas, con la cabeza ladeada y el teléfono sujeto entre la oreja y cuello.

– Sigo esperando, Raj…

Raab tenía en sus manos un contrato de compra al contado de dos mil libras de oro. Más de un millón de dólares. Los indios eran sus mayores clientes, uno de los principales exportadores de joyas del mundo. «Un dos por ciento.» Raab comprobó la pantalla Quotron. Eso eran treinta mil dólares. «Antes de comer.»

– Vamos, Raj -lo presionó Raab-. Mi hija se casa esta tarde y si puedo, me gustaría llegar a tiempo.

– ¿Que Katie se casa? -El indio parecía dolido-. Ben, en ningún momento me has dicho…

– Sólo es un modo de hablar, Raj. Si Katie se casara, allí estarías tú. Pero, Raj, vamos, que estamos hablando de oro, no de pastrami. No se pudre.

A eso se dedicaba Raab. Comerciaba con oro. Hacía dos décadas que tenía su propia empresa de comercio internacional, cerca del distrito de los diamantes de Nueva York. Había empezado unos años antes, comprando las mercancías almacenadas de las joyerías familiares que cerraban. Ahora suministraba oro a la mitad de los comerciantes de la calle. Y también a varios de los mayores exportadores de joyas del globo.



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