En el sector, todo el mundo lo conocía. No podía sentarse en un reservado y llevarse a la boca su sándwich de pavo del Gotham Deli de la esquina sin que algún fornido judío ultraortodoxo le avasallase para hablarle de no se sabe qué deslumbrante nueva piedra que vendía (aunque siempre censuraran que él, siendo sefardí, ni siquiera fuera uno de los suyos). Y cuando no era eso, era uno de los mensajeros puertorriqueños que entregaban los contratos dándole las gracias por las flores que había enviado a su boda. O los chinos, tratando de garantizarse unos dólares en algún asunto de divisas. O los australianos, tentándolo con bloques sin cortar de piedras de calidad industrial.

«He tenido suerte», decía siempre Raab. Tenía una esposa que lo adoraba, tres hijos encantadores de los que se sentía orgulloso, su casa en Larchmont -mucho más que una casa- con vistas al estrecho de Long Island y el Ferrari 585, con el que una vez había corrido en Lime Rock, aparcado en un lugar privilegiado del garaje de cinco plazas. Por no hablar del palco en el estadio de los Yankees y las entradas para ver a los Knicks: abajo, en el Garden, justo detrás del banquillo.

Betsy, su ayudante desde hacía más de veinte años, entró llevando una bandeja con una ensalada del chef y una servilleta de tela, la mejor protección frente a la propensión de Raab a mancharse de aceite las corbatas de Hermés. Betsy puso los ojos en blanco.

– ¿Raj i, todavía…?

Benjamin se encogió de hombros al tiempo que atraía la mirada de ella hacia su bloc, donde ya tenía apuntada la cifra: 648,50 dólares. Sabía que este comprador lo aceptaría. Raj siempre lo hacía; llevaban ya años representando este vodevil. Pero ¿es que siempre tenía que alargar tanto la comedia?



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