Tres pares de ojos se desplazaron de inmediato hacia ella. Su hermana no podía…

Pero una mirada a la ensoñadora expresión que brillaba en los ojos de Sarah, detrás de sus gafas, le dejó claro a Carolyn que su hermana sabía de lo que hablaba, hecho que inquietó a Carolyn de tal forma que ni ella misma comprendía.

Emily carraspeó.

– Yo… esto… Bueno, ¿qué me decís del fragmento de la página cincuenta y tres? Sin duda, un hombre no haría eso… ¿no?

– ¿Y lo de la página sesenta y una? -añadió Julianne-. Sin duda, una mujer no haría eso… ¿no?

Una vez más, Carolyn supo con exactitud a qué se referían sus amigas sin tener que consultar el libro. Su cara se encendió todavía más y se agitó en el asiento debido a las mismas sensaciones desconcertantes que la invadieron durante toda la lectura de las Memorias.

«Las lecturas», la corrigió su voz interior, poniendo énfasis en el plural.

Carolyn frunció el ceño a su molesta voz interior. De acuerdo, «lecturas». Muchas, muchas lecturas, mientras estaba sola en su cama, con la mente rebosante de imágenes carnales que la dejaban totalmente acalorada.

Aunque, personalmente, tampoco conocía las sorprendentes prácticas descritas en las páginas cincuenta y tres y sesenta y una, no tenía ninguna razón para dudar de la palabra de la Dama Anónima, quien era evidente que sabía cómo desenvolverse en un tocador. Y en una biblioteca. Y en unos establos. E incluso en un comedor.

Para empezar.

Carolyn apartó a un lado aquellas sensuales imágenes y declaró:

– Según se comenta, todo lo que se describe en el libro es absolutamente cierto.

Sarah se aclaró la voz.

– Sí, sí que es cierto que los hombres hacen esas cosas. Y… las mujeres también.

Carolyn parpadeó varias veces. Sin duda Sarah no había hecho eso. Sin embargo otra rápida mirada a su hermana le dejó claro que sí que lo había hecho. Y que se sentía tremendamente feliz por ello.



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