
Después de tres largos años de viudedad, al final había aceptado que el dolor por la pérdida de su amado marido nunca desaparecería por completo. Así que lo guardaba en un rincón especial de su corazón, donde su recuerdo ardía con viveza y siempre lo haría. Ella podría haber permanecido para siempre en el duelo, aislada de todos salvo de su familia y sus amigas más cercanas, pero varios meses atrás, Sarah la había tomado de la mano con firmeza y, prácticamente, la había arrastrado al mundo exterior animándola a dejar a un lado la soledad y los vestidos de luto para unirse de nuevo a los vivos.
Al principio, Carolyn se resistió, pero, poco a poco, había vuelto a disfrutar de participar en la sociedad, asistiendo a veladas, saliendo con sus viejas amigas y conociendo gente nueva. Carolyn se comportaba adecuadamente en todo momento, decidida a no hacer nada que pudiera mancillar la memoria de Edward. Aunque las noches, largas y silenciosas, le resultaban dolorosas y solitarias, en aquel momento tenía los días placenteramente ocupados con visitas y salidas para ir de compras con Emily y Julianne, sus dos amigas más queridas. Y, desde luego, con Sarah, la más querida de todas. Sin embargo, todavía disponía de mucho tiempo libre y deseaba encontrar algo en lo que mantenerse ocupada. Algo útil. Un proyecto de algún tipo. La mayoría de los días se sentía como si todo lo que hiciera en la vida fuera ocupar un espacio.
