Yo agarraba muy fuerte la mano de mi madre, llena de agradecimiento, y sentía por un instante su pulso agitado junto al mío ahora al fin tranquilo, e iba a sentarme cerca de ella en la cocina, conformándome con tenerla ante mis ojos, aunque fuera en medio de aquel silencio triste que siempre la rodeaba, como un aura perniciosa que la mantuviera alejada del mundo. Mi madre llevaba la tristeza encima, igual que la piel, resignada y brillante. Pero yo la veía moverse de un lado para otro, revolver los pucheros, pelar las patatas, planchar cuidadosamente las camisas de mi padre y la ropa de mis hermanos y la mía, y aquella normalidad, aquel latido apaciguado de la vida, la propia melancolía que emanaba de ella, me hacían sentir algo que se parecía mucho a la felicidad. Allí, a su lado, en medio de las cosas comunes y luminosas, estaba a salvo. Ya no volvería a ver a mi padre hasta el momento de darle las buenas noches, pues los niños cenábamos solos en la cocina. Aquello era un alivio para él y también para nosotros. Aunque fuese siempre en voz muy baja, sin hacer apenas ruido para no ser escuchados, podíamos permitirnos decir tonterías, darnos patadas por debajo de la mesa, poner cara de asco ante el hígado encebollado o devorar con ansia las fuentes de patatas fritas.

Al terminar de cenar, colocábamos los platos en la pila e íbamos los cinco juntos al comedor. Mi padre tomaba el café y una copa de coñac, y fumaba un puro cuyo olor repugnante flotaba por toda la casa, en vaharadas profundas. Buenas noches, papá, le decíamos por turno. Y él contestaba: Buenas noches. Que durmáis bien. Eso era todo. Ni un beso, ni una caricia, ni siquiera una sonrisa para animarnos a mantener apartada la posible negrura de los sueños.



4 из 212