
No recuerdo que mi padre nos diera nunca besos. Sin embargo, nunca los eché de menos. Jamás los deseé. Lo cierto es que no lo quise. Crecí temiéndolo, eso era todo lo que me unía a él, el terrible malestar ante su presencia. Pero nunca añoré quererle, como si ese cariño no formara parte del círculo de ternuras necesarias que componen nuestras vidas. Amores, amigos, familia. La relación con cada uno de esos seres a los que de alguna manera queremos constituye una corriente que va y viene entre sus cuerpos y los nuestros, entre sus mentes y las nuestras, como una poderosa energía que nos rodea y da forma al mundo, que no podemos imaginar sin su existencia. Pero yo puedo imaginar cualquier cosa sin la existencia de mi padre. Puedo imaginar, sobre todo, una vida más feliz.
Cuando estaba a punto de morirse, se lo dije. No fue por venganza: ni siquiera le odiaba. El miedo que me daba de pequeña había pasado a expandirse con los años a la vida entera, y por él acabé sintiendo tan sólo indiferencia. No sé qué me ocurrió. No lo había planeado, pero sucedió, como si todos aquellos a los que él había causado dolor me hubieran designado silenciosamente a mí para hacérselo saber en el momento final. Estaba acompañándole en la habitación del hospital. Era mi turno. Él dormía. De pronto se despertó y me miró, y hubo una infinita expresión de desprecio en aquella mirada, igual que si yo fuese una hormiga a la que él podía arrancar las patas, cortar la cabeza, pisotear impune y orgullosamente. Incluso entonces, pensé, cuando estaba a punto de morirse, tenía que mirarme así. Bajé los ojos para evitar los suyos y vi las blancas manos diminutas que siempre me repugnaron recortándose encima del embozo de la sábana, como dos manchas de baba. No se las cogí, no le besé la frente, no acaricié su mejilla ni le susurré al oído, como hacen los hijos amantes con sus padres moribundos. Pero tampoco grité, ni escupí, ni maldije su nombre. Simplemente, algo explotó dentro de mi cabeza, algo frío y duro, igual que un pedazo de hielo que se hiciera trizas, y le hablé como si hablara de la película que había visto el día anterior:
