– Nunca nos has querido -le dije-, ni a mamá ni a nosotros. Nos has hecho infelices a todos. No te debemos nada. No creas que vamos a llorar por ti.

Me he arrepentido miles de veces, durante todo el resto de mi vida, de aquellas palabras. He lamentado siempre haberme dejado vencer por aquel arrebato de crueldad, haber empujado a mi padre hasta las puertas de la muerte completamente solo, con esa terrible idea latiéndole en la cabeza, mientras se apagaban los latidos de su corazón: había pasado por la vida como una sombra absurda, y nadie le echaría de menos. Pero entonces lo único que sentí, por unos instantes, fue un alivio inmenso.

No sé qué sintió él. Las pupilas se le dilataron, y me pareció percibir un ligero estremecimiento en su cuerpo. Unas décimas de segundo de temblor. Nada más. Enseguida se recuperó, y me habló con la misma tranquilidad con la que yo le había hablado a él:

– La vida es dura. Esto es lo que hay. No creas que lamento que no vayáis a llorar. Nunca lo hubiera pretendido.

Me fui de la habitación y le dejé solo. Y sí que lloré. Lloré muchísimo, hasta el amanecer. Lloré por lo que le había dicho pero, sobre todo, lloré porque a él no le hubiera importado. Lloré por la soledad y el miedo al que me había condenado, por la muerte enganchado a una jeringuilla de mi hermano Ernesto, por los problemas con el alcohol de Antonio, por las rupturas sentimentales de Miguel. Y por la tristeza incurable de mi madre.

Ella no siempre fue triste. Eso al menos contaba mi abuela. Había sido, decía, una niña cantarina como ella misma, y alegre, que trepaba a los árboles igual que un mono, correteaba por los prados y llamaba a voces a las vacas por sus nombres mientras daba enormes zancadas monte arriba.



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