
La razón por la que aquel hombre tan serio -un amargado, decía mi abuela- eligió a la chica más alegre del lugar fue un misterio para todos. Quizá no soportase su alegría y quisiera acabar con ella, asesinarla como se asesina un pájaro que molesta con sus cantos en el jardín. Hay seres tan envenenados que detestan a quienes irradian fortaleza y contento y, en lugar de limitarse a alejarse de ellos, les tienden las redes y los cazan y los sepultan bajo toneladas de tierra por darse la perversa satisfacción de ver cómo muere lentamente todo aquello que odian. Quizá fuera eso.
Pero más misterio aún fue que mi madre lo aceptara. ¿Por qué lo hizo? No lo sé. No creo que se casara por amor. Una chica de dieciséis años a la que le gusta bailar en las verbenas, bañarse en el río y lanzarse en bicicleta cuesta abajo como una loca, no se enamora de un tipo como mi padre, que andaba por la aldea vestido de traje y corbata, gruñendo a la gente en lugar de saludarla y mirándolos a todos desde la dureza como de granito de sus ojos. Ni siquiera hubo lo que mi abuela llamaba un cortejo. Ni flores, ni risas, ni supuestos paseos casuales hasta la casa y charlas de horas bajo el corredor, viendo caer el sol al otro lado de los montes o deslizarse la lluvia como un manto sobre la huerta. Dos o tres conversaciones junto a la iglesia, un par de romerías y, de repente, él se presentó para pedir la mano de mi madre. Mis abuelos trataron de convencerla de que no aceptase. No les gustaba el ricachón americano, a pesar de sus fajos de billetes. Pero ella ya se había decidido, y no hubo manera de que cambiara de opinión.
