
– Es decir, que entre el Sheraton y Alcalá Meco has estado haciendo muchas barras.
– Sí, a ambos lados de la barra: detrás cócteles y delante chapas.
Habían ido subiendo a buen paso, porque el sirimiri los iba calando y los dos iban a cuerpo.
– Podemos acercarnos al Charing Cross, si quieres, si tienes tiempo -dijo Salazar-. Nos hacen unos Bloody Marys, y hay muy buena tortilla de patatas.
Esta escena inicial, en la memoria de Salazar, no contiene apenas nada. En todo caso, un cierto aire anticuado, una seducción demodé, más característica de los años oscuros de la juventud de Salazar que de los años posmodernos de homosexualidades liberadas del nuevo siglo. Naturalmente, al recordarla, Salazar modifica esta escena: ahí, en esa primera escena, aparece Durán de improviso, en un parque otoñal, el Parque del Oeste. Durán habla inmediatamente de sí mismo, pero no como quien proporciona información, sino como quien, contando con su atractivo físico, omite toda información positiva, para sugerir, como en broma, una tras otra, varias interpretaciones de sí mismo, unas anacrónicas, como lo de barman en el Sheraton, otras agresivas o chulescas, como lo de chapero, otras, por fin, casi metafísicas, como decir: «Puedo parecer lo que yo quiera.» Que un joven guapo, que no contaría a la sazón ni treinta años, asegurara que podía parecer lo que quisiese, le pareció a Salazar fascinante: una declaración de alma gemela.
Aquella primera escena, fuese o no tan completa como Salazar la recordaba, tuvo una continuación sumamente precisa, que no sólo Salazar sino también Durán recordaba y era aficionado a repetir con gran frecuencia: después de los Bloody Marys y un paseo hasta el Palacio Real y otro par de whiskys por la zona de las Vistillas, Salazar y Durán se acostaron juntos esa noche. Y he aquí que la estructura comunicativa de esta primera noche fue notable, aunque también muy confusa. A Salazar le pareció que Durán, desnudo, en pie delante de él, era hermosísimo. Y la belleza del muchacho, su erección, su ternura al menos momentánea, cohibió a Salazar, que sólo se atrevía a acariciarle el pene con la cara y llevar la punta a los labios sin decidirse a hacerle correrse o a correrse él mismo.
