– ¿Qué te pasa? -preguntó Durán-. ¿No te gusto?

Salazar tragó saliva:

– Me gustas mucho -contestó-. No sé qué me pasa.

Y era verdad que en aquel momento de turbación, que era a la vez delicioso, no sabía bien qué le pasaba. Salazar estaba sentado en el sofá junto a la chimenea, que habían encendido, y Durán se arrodilló frente a él y le acarició las piernas y el pene. Salazar conservaba todavía la camisa. Se sentía sudoroso, se sentía incompetente, se sentía cohibido. Pensó, velozmente y con vergüenza, que ni siquiera era capaz de dejarse invadir por su propio deseo, que, por supuesto, sentía. Pensó que era en el fondo un pobre hombre vulgar, medio impotente. Todos estos pensamientos entorpecedores y negativos aumentaron su turbación. Esta turbación había de congelarse más tarde y, congelada, hincarse peligrosamente en el abstracto corazón de Javier Salazar, pero esto vendría bastante después.

– Mejor lo dejamos -dijo por fin Salazar.

– ¿Quieres que te dé por el culo? -preguntó Durán.

– Mejor no. No estoy acostumbrado.

– Yo te lo hago bien -declaró Durán con un tono de voz que no era en sí mismo erótico, sino más bien informativo, como quien refiere que es capaz de limpiar un delco o fijar una estantería a una pared sin causar ningún destrozo.

– Perdona. He perdido la costumbre.

– Igual no eres gay -comentó el muchacho-. A mí me da igual lo que tú seas. No te preocupes.

– Sí soy. Claro que soy gay. Sólo que estoy viejo y eres muy guapo y te deseo tanto que no me atrevo a tocarte.

Estas frases le parecieron a Javier Salazar, de pronto, líquidas, no suyas, ajenas a su carácter, metidas y sacadas de la boca como una barrita de vaselina recto adentro: tenían su deliciosidad repugnante, su sentimentalidad intestinal propia, una baba o saliva dulce, inauténtica, circunstancial, de la cual se arrepintió nada más sentirla, pronunciarla, paladearla.



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