Máxime, viendo que, desde un punto estrictamente estratégico, habían resultado adecuadas para conmover o dulcificar a aquel buen chico que a ratos parecía procaz y a veces infantil, a ratos profundo y a ratos banal. Como por lo demás acaba pareciendo toda situación erótica, intensa, entre adultos. Y Javier Salazar, que durante toda su vida ha odiado sentirse ridículo, sintió por un instante el puntazo amargo del ridículo: lo que no prescribe, lo que los hombres como Salazar nunca perdonan.

Acabaron sentados juntos, el uno al lado del otro frente al fuego. Finalmente Ramón Durán se masturbó y se corrió copiosamente, porque Salazar dijo que le gustaría verle correrse. Pero la escena acabó con brusquedad y Durán se fue sobre la una de la madrugada. Entonces Salazar se masturbó pensando en el muchacho y después se sintió ridículo. Deseó que lo sucedido no hubiera sucedido. Tardó mucho tiempo en dormirse. Le despertó a las doce de la mañana del día siguiente el timbre de la puerta de entrada. Era Ramón Durán.

2

Javier Salazar no se desconocía a sí mismo. Había regresado a sí mismo muchas veces y había logrado, si no encontrar una verdad estabilizada por completo, sí una especie de mapa de sí mismo: disponía de un esquema de sí mismo por lados: así, un lado era el gusto por la soledad, por su soledad, con sus largos paseos por los parques vecinos (que incluían el Campo del Moro, el Parque del Oeste, la Casa de Campo, por supuesto el Retiro, y algunas veces también el parque de la Fuente del Berro, pero no los nuevos parques del extrarradio, el Juan Carlos I o el Tierno Galván). Este gusto por la soledad incluía largas tardes de lectura, entreveradas de un ligero tedio que asomaba a su cara guasona cada vez que Salazar bostezaba o se quedaba ligeramente traspuesto.



6 из 503