
Cuando él decidió diversificarse en la cría de caballos, Mónica le proporcionó el capital, a pesar de la vociferante oposición de Cathryn, de los fondos que había apartados para la educación de las chicas. Fuera lo que fuera lo que Rule quería, lo conseguía. Tenía el Bar D bajo su pulgar… de momento. Cathryn estuvo toda la noche sin poder dormir, deleitándose en el día en que fuera mayor de edad, saboreando las palabras que diría cuando despidiera a Rule Jackson.
Rule amplió su dominación a su vida personal. Cuando tenía quince años aceptó una cita con un chico de dieciocho para ir a un baile. Rule se enteró y llamó al muchacho para informarle quedamente de que Cathryn no era aún lo suficiente mayor. Cuando Cathryn descubrió lo que había hecho perdió el control, lo que la hizo actuar imprudentemente. Sin pensarlo, lo golpeó, su mano le abofeteó la cara con tal fuerza que el brazo le quedó entumecido.
Él no dijo nada. Sus ojos oscuros se entrecerraron; luego, con la rapidez de una serpiente al atacar la agarró por el brazo y la llevó al piso de arriba. Cathryn pataleó y arañó gritando cada centímetro del camino, pero fue un esfuerzo inútil. Él la manejó con facilidad, su fuerza, mucho más mayor que la de ella la hizo sentir tan desvalida como una niña. Una vez llegaron a su cuarto, le bajó los vaqueros, se sentó sobre la cama, la puso a través de sus rodillas y la dio el azote de su vida. Con quince años, Cathryn empezaba a pasar de la adolescencia a la forma más redondeada de feminidad, y la vergüenza que pasó fue peor que el dolor inflingido por la callosa mano. Cuando la dejó ir, ella se puso derecha y se arregló la ropa con la cara contraída por la furia.
