
Cathryn se estremeció ante los recuerdos.
– ¡No quiero hablar de ello!
Sin previo aviso él se enfureció, con ese mortífero temperamento que las personas inteligentes aprendían a evitar.
– Bien, ya he tenido bastante -gruñó con voz espesa, cambiando los controles a piloto automático y cogiéndola.
Ella instintivamente intentó sin conseguirlo evitar sus manos y él apartó sus dedos con una facilidad ridícula. La cogió los brazos levantándola de su asiento y la tumbó sobre él. Su boca era dura, caliente, tal como la recordaba, el sabor de él era familiar como si ella nunca se hubiera marchado. Sus pequeñas manos apretadas en puños golpearon infructuosamente los hombros de él, pero a pesar de sus esfuerzos por resistir se dio cuenta de que nada había cambiado, nada en absoluto. Una oleada caliente de excitación sensual hizo que su corazón latiera más rápido, que su respiración se convirtiera en jadeos, que un temblor recorriera todo su cuerpo. Lo deseaba. ¡Oh, maldición, cómo lo deseaba! Alguna especia de química hizo que se abriera como una flor a la luz del sol, torciéndose, buscando, aunque sabía que él no era para ella.
La lengua de él probó lentamente su boca y dejó de luchar para sujetar sus hombros y sentir con deleite sus duros músculos bajo sus palmas. El placer la llenaba, el placer que incluía el gusto, el sentido y el olor de él, el tacto ligeramente áspero de la mejilla de Rule contra la suya, la intimidad de las lenguas acariciándose que la hizo recordar un caluroso día de verano cuando no hubo nada de ropa entre ellos. La cólera se había ido convirtiéndose en deseo que brilló intensamente en sus ojos oscuros cuando él levantó la boca justo un milímetro para exigir:
