
– ¿Alguna vez has olvidado como fue?
Las manos de ella se deslizaron por su cabeza, tratando de acercarlo a través de ese delicioso, intolerable y diminuto espacio que separaba sus bocas, pero él se resistió y los dedos de ella acariciaron el pelo oscuro, sedoso y brillante.
– Rule -refunfuñó con voz ronca.
– ¿Lo has hecho? -insistió él, y echó la cabeza hacia atrás cuando ella intentó acercar la suya para que su boca se pegara a la de él.
No importaba; de todos modos él ya lo sabía. ¿Cómo podría no saberlo? Una caricia y se derretía contra él.
– No, nunca lo he olvidado -admitió en un susurro que se apagó cuando por fin bajó su boca y la besó con fiereza y ella volvió a beber del frescor masculino ácido y dulce a la vez.
No se sorprendió cuando sintió los dedos de Rule sobre su pecho, que se deslizaban con desasosiego por sus costillas. La delgada seda de su vestido veraniego sin mangas no era barrera para el calor de sus manos y sintió como se quemaba con el calor de sus caricias que iban recorriendo su cuerpo hasta detenerse en su rodilla, luego empezó un lento viaje por su muslo, levantando la falda y exponiendo sus largas piernas. Y entonces bruscamente él se detuvo, estremeciéndose por el esfuerzo que eso le costó, y apartó la mano de su pierna.
– Éste no es lugar para hacer el amor -susurró con voz ronca, apartando la boca de la de ella y deslizando sus besos hacia la oreja-. Es un milagro que no nos hayamos estrellado. Pero puedo esperar hasta que estemos en casa.
Las pestañas femeninas se alzaron revelando unos ojos oscuros aturdidos y somnolientos y él la besó de nuevo con dureza, luego la sentó es su asiento. Todavía respirando con fuerza, Rule comprobó su posición, se secó el sudor de la frente y se giró hacia ella.
– Ahora sabemos donde estamos -dijo con satisfacción sombría.
Cathryn se sentó erguida y giró la cabeza para clavar la mirada en la amplia extensión de tierra que había abajo.
