– ¡Y tú estás tan preocupado! -lo atacó ella.

– ¿Debería estarlo? Soy un ranchero, no un acompañante.

– Corrección: eres un capataz de rancho.

Por un momento sus ojos llamearon por su temperamento; luego lo controló.

– Tienes razón, y como capataz tengo trabajo que hacer. ¿Te vas a quedar aquí enfurruñada o te vas a cambiar de ropa para venir conmigo? Ha habido muchos cambios desde la última vez que estuviste aquí. He pensado que podrías estar interesada, jefa -remarcó ligeramente la última palabra con ojos burlones. Él era el jefe y lo sabía. Lo había sido durante tantos años que muchos de los trabajadores del rancho habían sido contratados después de la muerte de Ward y no guardaban ninguna lealtad hacia un Donahue, sólo a Rule Jackson.

Vaciló por un momento, dividida entre su renuencia a pasar tiempo en su compañía y su interés por el rancho. Los años que había pasado fuera habían sido un exilio y había sufrido cada día, añorando los enormes espacios y el olor limpio de la tierra. Quería ver la tierra, encontrarse de nuevo con las cosas que habían marcado sus días de juventud.

– Iré a cambiarme -dijo quedamente.

– Te esperaré en los establos -indicó él, recorriendo el cuerpo de ella con la mirada-. A no ser que quieras compañía mientras te cambias.

– ¡No! -su feroz negativa fue automática y no pareció que Rule esperara otra respuesta. Se encogió de hombros y bajó la escalera. Cathryn volvió a su dormitorio y cerró la puerta, luego puso los brazos en su espalda para desabrochar el vestido y quitárselo. Por un momento pensó en Rule bajándole la cremallera; luego tembló y sacó con fuerza de su mente aquella traidora idea. Tenía que apresurarse. La paciencia de Rule tenía un corto límite.

No se molestó en desempacar. Siempre dejaba la mayor parte de sus vaqueros y sus camisas en el rancho. En Chicago llevaba elegantes vaqueros de diseño.



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