
Rule la estaba esperando pacientemente en apariencia, aunque el enorme caballo castaño le golpeaba la espalda con la cabeza y se movía nerviosamente detrás de él. También llevaba las riendas de un caballo castrado de largas patas de color gris, un caballo que Cathryn no recordaba haber visto antes. Habiendo tenido caballos a su alrededor durante toda su vida no les tenía ningún miedo, así que frotó la nariz del animal con naturalidad, dejando que aprendiera su olor mientras le hablaba.
– Hola, tío, no te conozco. ¿Cuánto tiempo llevas por aquí?
– Un par de años -contestó Rule, lanzándole las riendas-. Es un buen caballo, sin ningún mal hábito, apacible. No como Redman, aquí presente -agregó pesaroso cuando el caballo castaño le dio de nuevo un cabezazo, pero esta vez con tanta fuerza que lo envió unos cuantos pasos más allá. Se subió a la silla de montar, sin ofrecerse a ayudar a Cathryn, un gesto que, de todas formas, ella hubiera rechazado. Estaba muy lejos de estar indefensa ante un caballo. Se montó y urgió al caballo gris al trote para alcanzar a Rule, que no había esperado.
Montados a caballo pasaron por delante de los establos, y Cathryn admiró los cuidados establos y los graneros, varios de ellos no estaban allí en su última visita. Los trabajadores continuaban con su trabajo sin prestarles atención o echándoles una ligera mirada de curiosidad cuando pasaban. Potros juguetones de largas piernas retozabas sobre la dulce hierba primaveral. Rule levantó una mano enguantada para señalar una construcción.
