
– ¿Te gusta lo que ves? -se burló él suavemente, dejando que los cascos colgaran de sus dedos.
– ¿Por qué te ha enviado Monica? -preguntó ella con determinación, sin hacer caso a su pregunta y atacando con una propia.
– Monica no me ha enviado. Parece que lo has olvidado; yo controlo el rancho, no Monica -sus ojos oscuros descansaron en ella, esperando que se enfureciera y gritara que era ella la que poseía el rancho y no él, pero Cathryn había aprendido muy bien a ocultar sus pensamientos. Mantuvo la cara inexpresiva y la mirada firme.
– Exactamente. Se supone que estás demasiado ocupado para perder el tiempo viniendo a buscarme.
– Quería hablar contigo antes de que llegaras al rancho. Ésta parecía una oportunidad perfecta.
– Entonces habla.
– Primero despeguemos.
Volar en un avión pequeño no era algo nuevo para ella. Estaba acostumbrada a volar desde que nació, ya que un avión era considerado esencial para un ranchero. Se echó hacia atrás en su asiento y estiró los músculos tensos y doloridos por el largo vuelo desde Chicago. Los enormes aviones a reacción rugían cuando aterrizaban o despegaban, pero Rule estaba tranquilo cuando habló con la torre para pedir permiso para despegar. En unos minutos se elevaron y se dirigieron hacia el oeste, Houston que brillaba tenuemente bajo el calor primaveral quedó al sur. La tierra bajo ellos tenía el rico matiz verde de la hierba recién salida, y Cathryn la bebió con la vista. Siempre que llegaba para una visita tenía que obligarse a irse y eso siempre le dejaba un dolor que duraba meses, como si algo vital se hubiera rasgado dentro de ella. Le gustaba esta tierra, le gustaba el rancho, pero había sobrevivido estos años gracias a su exilio auto impuesto.
– Habla -dijo al poco tiempo, intentando contener los recuerdos.
– Quiero que esta vez te quedes -dijo él, y Cathryn sintió como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
