
¿Quedarse? ¿No sabía él mejor que nadie, que para ella era imposible quedarse? Le echó una rápida mirada de reojo y lo encontró con el ceño fruncido mirando atentamente el horizonte. Durante unos momentos sus ojos se demoraron sobre el fuerte perfil antes de que volviera de nuevo la vista al frente.
– ¿No vas a decir nada? -preguntó él.
– Es imposible.
– ¿Lo es? ¿Ni siquiera vas a preguntarme por qué?
– ¿Me gustará la respuesta?
– No -se encogió de hombros-, pero no vas a poder evitarla.
– Pues dímela.
– Se trata otra vez de Ricky; bebe mucho y pierde el control. Ha estado haciendo cosas descabelladas, y la gente habla.
– Ya es una mujer adulta. No puedo controlarla -dijo Cathryn fríamente, sin embargo la puso furiosa el pensar que Ricky arrastraba el nombre Donahue por la suciedad.
– Pues yo creo que tú si puedes. Monica no puede, pero los dos sabemos que Monica no tiene mucho instinto maternal. Por otra parte, desde tu último cumpleaños, tú controlas el rancho, lo que hace que Ricky dependa de ti -giró la cabeza para inmovilizarla en el asiento con sus ojos oscuros de halcón-. Sé que no te gusta, pero es tu hermanastra y vuelve a usar el nombre Donahue.
– ¿Otra vez? -soltó Cathryn-. Después de dos divorcios, ¿por qué se molesta en cambiar de nombre? -Rule tenía razón: no le gustaba Ricky, nunca le había gustado. Su hermanastra, dos años mayor, tenía el temperamento de un demonio tasmanio. Luego le dirigió una mirada burlona-. Me has dicho que tú controlas el rancho.
– Y lo hago -contestó él tan suavemente que el pelo de la nuca se le erizó-. Pero no lo poseo. El rancho es tu casa, Cat. Ya es hora de que asumas este hecho.
– No me sermonees, Rule Jackson. Mi casa ahora está en Chicago.
– Tu marido está muerto -la interrumpió brutalmente-. No hay nada allí para ti y lo sabes. ¿Qué es lo que tienes? ¿Un apartamento vacío y un trabajo aburrido?
