– Me gusta mi trabajo. Además no tengo por qué trabajar.

– Sí que tienes, porque te volverías loca sentándote en una casa vacía sin nada que hacer. Aunque tu marido te dejó algo de dinero, se acabará en unos cinco años, y no dejaré que dejes el rancho seco para financiar ese lugar.

– ¡Es mi rancho! -indicó ella al momento.

– También era de tu padre y él lo amaba. Por él no te dejaré que lo arruines.

Cathryn levantó la barbilla, luchando por mantener la calma. Eso había sido un golpe bajo y él lo sabía.

La echó una mirada otra vez y continuó:

– La situación con Ricky empeora. No puedo manejarla y hacer también mi trabajo. Necesito ayuda, Cat, y tú eres la solución más lógica.

– No puedo quedarme -dijo ella, pero por una vez la incertidumbre era evidente en su voz. Le tenía aversión a Ricky, pero, por otra parte, no la odiaba. Ricky era un dolor y un problema, pero hubo veces, cuando eran más jóvenes que habían reído juntas tontamente como adolescentes normales. Y como Rule había advertido, Ricky usaba el nombre de Donahue, que había tomado como propio cuando el padre de Cathryn se había casado con Monica, aunque nunca había sido legalizado.

– Intentaré conseguir un permiso -se oyó decir Cathryn, y como una tardía auto defensa añadió-. Pero no será permanente. Ahora estoy acostumbrada a la vida en una gran ciudad y disfruto de las cosas que no se pueden encontrar en un rancho -y realmente era verdad; disfrutaba de las continuas actividades de una gran ciudad, pero las dejaría sin un sólo lamento si pensara que pudiera tener una vida pacífica en el rancho.

– Te solía gustar el rancho -dijo él.

– Era a lo que estaba acostumbrada.

Él no dijo nada más, y después de un momento Cathryn apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Reconoció que tenía plena confianza en las capacidades de Rule como piloto, y el conocimiento era amargo pero ineludible. Confiaría en él con su vida, pero nada más.



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