
Incluso con los ojos cerrados eran tan consciente de su presencia a su lado que sintió como el calor de su cuerpo la quemaba. Podía oler su embriagador aroma masculino, oír su firme respiración. Cada vez que él se movía sentía un hormigueo por su cuerpo. Dios mío, pensó desesperada. ¿Alguna vez podría olvidarse de ese día? ¿Tenía él que ensombrecer toda su vida, rigiéndola con su mera presencia? Incluso había ensombrecido su matrimonio, obligándola a mentirle a su marido.
Vagó a la deriva en un ligero duermevela, en un estado que estaba entre la consciencia y el sueño y se encontró recordando con perfecta claridad todo lo que sabía sobre Rule Jackson. Lo conocía de toda la vida. El padre de él había sido un vecino, un ranchero con una pequeña extensión de tierra que prosperaba, y Rule había trabajado con su padre desde que fue lo suficiente mayor para sentarse sobre un caballo; pero tenía once años más que ella y le había parecido ya un hombre en vez del muchacho que era.
Incluso de niña, Cathryn sabía que el escándalo estaba atado al nombre de Rule Jackson. Se le conocía como "el salvaje muchacho Jackson" y las chicas más mayores se reían tontamente cuando hablaban de él. Pero era sólo un muchacho, un vecino, y a Cathryn le gustaba. Él nunca le prestó mucha atención, pero cuando la hablaba era amable y capaz de sacarla de su timidez; Rule era bueno con los animales jóvenes, incluso con los humanos jóvenes. Se decía que él se encontraba más a gusto en compañía de los animales, pero, por alguna razón, tenía un raro toque con caballos y perros.
Cuando Cathryn tenía ocho años su mundo cambió. También había sido un tiempo de cambios para Rule. El mismo año en que murió su madre, dejando a Cathryn asustada y sola, a él lo llamaron a filas. Tenía diecinueve años cuando se bajó de un avión en Saigón. Cuando volvió, tres años más tarde, ya nada era lo mismo.
